Depresión

Los estados de ánimo bajos son muy habituales, pero no tanto los episodios depresivos graves y persistentes. Para poder decir que se sufre un episodio depresivo mayor, depresión, tiene que sentirse una notable pérdida de interés o placer ante prácticamente todas las cosas de la vida de forma ininterrumpida durante dos semanas (y a lo largo de todo el día).

Síntomas de la depresión

Además, la persona deprimida también debe experimentar al menos otros cuatro síntomas de la siguiente lista:

  • Cambios en el apetito o en el peso.
  • Cambios en el sueño.
  • Cambios en la movilidad.
  • Falta de energía.
  • Sentimientos de infravaloración o culpa.
  • Dificultad para pensar, concentrarse o tomar decisiones.
  • Pensamientos recurrentes de muerte o ideas.
  • Planes o intentos suicidas.

Hay que tener en cuenta que en los niños y adolescentes el estado de ánimo puede ser de enfado y de agresividad, en vez de tristeza.

Este ánimo deprimido debe suponer un malestar muy importante y un deterioro social, laboral, familiar o de otras esferas fundamentales de la vida. Cuando la depresión es leve, algunos sujetos con mucha fuerza de voluntad pueden mantener una actividad de apariencia normal, pero a costa de un desgaste muy importante.

Cuando al sujeto que padece un episodio depresivo mayor, depresión, se le pregunta por lo que siente, habitualmente menciona que está terriblemente triste, desesperanzado, desanimado o “como en el más negro de los pozos”. Dirá que siempre está a punto de llorar e hipersensible. Sin embargo, en algunos casos, también puede afirmar que se siente “anestesiado”, como si nada le afectase o importase, o como si hubiese dejado de sentir y ya todo le diese igual.

Otras personas ponen el énfasis en quejas corporales (dolores, náuseas, sensaciones desagradables) y no parecen sentir excesiva tristeza. Por último, hay quienes exhiben ante todo una gran irritabilidad y responden a cualquier nimiedad montando en cólera.

Es habitual que los familiares mencionen que han notado cómo dejaba de hacer cosas que antes les agradaban mucho (ir a espectáculos, hacer deporte, ver determinados programas de televisión, disfrutar de sus platos favoritos…) y el mismo sujeto puede explicar que estas cosas “ya no les causan ninguna alegría o satisfacción”.

Las áreas que antes hemos mencionado (apetito, sueño…) pueden cambiar en la depresión tanto por defecto (lo más habitual) como por exceso. Así, la mayoría de los sujetos pierde el apetito y, en consecuencia, disminuye de peso; sin embargo, otros tienen más hambre y engordan. Igualmente, el deseo sexual tiende a disminuir, pero en algunos pocos casos puede aumentar. También ocurre lo mismo con el sueño: lo más característico es el insomnio medio (o sea, despertarse durante la noche y tener problemas para volver a dormirse) y el insomnio tardío (despertarse demasiado pronto y ser incapaz de volver a dormirse), pero en algunas personas encontramos un exceso de sueño (hipersomnia). Asimismo, en la movilidad es más infrecuente la agitación (esto es, dar paseos rápidos, frotarse compulsivamente las manos o la ropa, mostrarse incapaz de permanecer sentado un rato) que el enlentecimiento (del lenguaje, del pensamiento y de todos los movimientos del cuerpo en general); en la misma línea, es manifiesto el aumento de tiempo a la hora de dar cualquier respuesta, el hablar con muy poco volumen de voz, el ser muy lacónico y hablar sin cambios de tono o, incluso, el permanecer en silencio durante periodos de tiempo muy prolongados.

En cambio, siempre se da una falta de energía, cansancio y fatiga, pero no lo contrario (un exceso de vitalidad). Incluso aunque no se lleve a cabo ningún ejercicio físico o mental, la persona deprimida se quejará de una enorme fatiga, lo que convierte en un esfuerzo titánico cualquier mínima actividad (incluso lavarse, vestirse, comer o andar un poco). En ocasiones, aunque el sujeto no lo mencione, se podrá observar que tarda el doble o más en hacer sus actividades rutinarias.

Casi siempre el deprimido tendrá sentimientos de inutilidad o culpa, y se infravalorará. Es frecuente que esté preocupado por pequeños errores de hace tiempo y que malinterprete acontecimientos cotidianos, que no tienen ninguna importancia o que no le atañen en absoluto, y que los mencione como pruebas de sus defectos personales. Por ejemplo, una madre puede atribuirse toda la culpa de que su hijo haya cogido la gripe y tenerse por una mujer negligente aunque todos los compañeros de clase de su hijo estén también enfermos.

Entre los reproches que más a menudo se dirigen se encuentra también el de “estar enfermo” y, en consecuencia, de fastidiar así a toda la familia y ser incapaz de ayudarles con su trabajo.

La mayoría de las personas deprimidas creen que han perdido sus capacidades y su inteligencia. Se ven mucho más inútiles y no se sienten capaces de pensar, de concentrarse o de tomar decisiones. Pueden dar la impresión de distraerse con facilidad o quejarse de falta de memoria. Y, en realidad, aquellos que tienen ocupaciones laborales o estudios que representan una exigencia intelectual (por ejemplo, un profesor) suelen ser incapaces de funcionar adecuadamente, incluso aunque sólo tengan problemas leves de concentración. Por eso, en los niños el aumento repentino de los suspensos puede ser un reflejo de la depresión. En el otro extremo, en los sujetos de edad avanzada un episodio depresivo mayor suele mostrarse forma de pérdida de memoria, y ser tomada erróneamente como un signo de demencia.

Por último, son frecuentes los pensamientos de muerte, las ideas y los planes para suicidarse e incluso, en los casos más graves, los intentos de hacerlo. Las ideas de suicidio varían desde la creencia consistente en que los demás estarían mejor si uno muriese hasta los pensamientos transitorios, pero recurrentes, sobre el hecho de suicidarse, o los auténticos planes específicos sobre cómo cometer el suicidio. Pero la frecuencia, intensidad y letalidad de estas ideas son muy variables. Los sujetos con menos riesgo suicida pueden referir pensamientos pasajeros (de unos pocos minutos) y poco recurrentes (una o dos veces a la semana). Los sujetos con más riesgo pueden haber comprado materiales (una cuerda o un arma) o haberse guardado a escondidas pastillas para dormir. Los que están más cerca de la muerte habitualmente han fijado un lugar y un momento en el que saben que estarán solos y no los mencionan. No obstante, hay que saber que es imposible predecir con exactitud cuándo o en qué momento un determinado sujeto deprimido va a intentar suicidarse.

El grado de incapacidad asociado a un episodio depresivo mayor es muy variable. Si la incapacidad es grave, la persona puede perder su capacidad para relacionarse o trabajar. En casos extremos se vuelve incapaz de cuidar de sí mismo (no come, no se viste, no se lava). La repetición y la prolongación en el tiempo de los episodios depresivos mayores dan lugar al Trastorno depresivo mayor.

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